1. Desde bien pequeños habíamos oído todo tipo de historias y leyendas acerca de aquel lugar. Nadie del pueblo osaba entrar y no pocos apartaban la mirada al pasar junto al viejo edificio. A nosotros, sin ser ajenos al miedo, nos atraía irresistiblemente. Un día decidimos al fin entrar.

2. El sol del mediodía se colaba por las estrechas ventanas y los agujeros del techo. Con semejante iluminación los escombros y las malas hierbas no parecían muy amenazantes. Algo decepcionados, inspeccionamos el lugar hasta que encontramos unas escaleras que bajaban.

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3. Un primer vistazo nos valió para darnos cuenta de lo grande que era aquello. En aquel instante las historias empezaron a cobrar sentido. Allí abajo la luz perdía su fuerza hasta desaparecer. Tendríamos que encender una antorcha.

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4. Zinh iba delante, arrastrando los pies. Yo le seguía de cerca, agarrándolo inconscientemente de la camisa. El suelo apenas eran unas sombras abultadas e irregulares. No tardamos mucho en toparnos con la primera pared.

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5. Era difícil hacerse una idea del volumen de la sala. La piedra oscura parecía tragarse la luz. Caminamos en círculos hasta que encontramos algo distintivo: una piedra tallada, un capitel. Fue entonces cuando un sonido nos sobresaltó.

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6. Algo pasó junto a nuestras cabezas y nos agachamos instintivamente. “Murciélagos” dijo Zinh, que con el susto me había chamuscado la capa. Era evidente que ambos estábamos atemorizados, pero ninguno iba a admitirlo.

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7. El capitel resultó ser parte de un arco que daba paso a otra estancia. Tenía esculpidas unas figuras que asemejaban personas. El otro capitel era distinto pero no tuve ocasión de examinarlo con detenimiento; Zinh siguió adelante y me dejó a oscuras.

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8. Al echar la vista atrás apenas se apreciaba la claridad de la luz exterior. En aquel momento no le dí más importancia. Nunca imaginé que aquella sería la última vez que vería la luz del sol con mis propios ojos.

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9. Los escombros eran cada vez menos frecuentes y avanzábamos con más seguridad. Eso o nuestra vista se había acostumbrado al vaivén tembloroso de la llama. No hablábamos, no pensábamos; seguíamos el corredor con la parsimonia de un fantasma.

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10. Varios pasos más allá el pasillo conducía a una encrucijada. A lado y lado se abrían dos corredores idénticos en apariencia. Nos miramos a los ojos sin palabras ni muecas. Regresar no era una opción.

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11. Cerré los ojos y escuché y olfateé y sentí, más allá de mi sudor, más allá de la respiración de Zinh, más allá del calor de la antorcha. Alcé el brazo y abrí los ojos. Él también estaba señalando la misma dirección. La suerte estaba echada.

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12. A estas alturas ya nos habíamos dado cuenta de que la parte subterránea era considerablemente más extensa que la planta superior. No sabíamos hacia dónde íbamos ni qué nos encontraríamos, sólo que queríamos llegar. Una baldosa cedió bajo mis pies.

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13. Me noté caer y algo duro me golpeó en el pecho primero y en la cabeza después. Extendí los brazos para aferrarme a cualquier cosa que pudiera sostenerme, pero sólo encontré roca lisa y vertical. Una manga se enganchó en algo y detuvo mi caída.

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14. Zinh lanzó un grito. Poco a poco empezó a estirar de mí hasta que me sacó del foso y pude reposar en el suelo del pasillo. El dolor me embotaba los sentidos. Tan sólo era capaz de visualizar una y otra vez las estacas del fondo y más al fondo aún, unos ojos que me observaban.

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15. Conforme fui recobrando la sensibilidad pude concretar los orígenes del dolor. Me había llevado varios golpes y tenía las manos ensangrentadas pero no parecía que me hubiera roto nada. Zinh preparaba vendas con mi manga maltrecha.

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16. Me limpió las heridas y me vendó las manos y la cabeza, que por lo visto sangraba abundantemente. Al terminar de hacerme el nudo deslizó el dorso de su mano sobre mi mejilla con una delicadeza que no era propia de él.

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17. Aprovechamos para beber y comer algo de las escasas provisiones que llevábamos. La antorcha estaba consumiéndose y no la renovamos hasta emprender la marcha. Era importante ahorrar y además así evitábamos cruzarnos las miradas.

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18. El camino hacía bajada y era cada vez más estrecho y basto. El suelo pasó a ser de tierra primero, luego todo el túnel. Por primera vez empecé a albergar dudas. Recordé los dos capiteles y los dos corredores.

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19. El túnel terminaba en una estancia irregular, fría y húmeda. Estábamos en una cueva, excavada por los dioses, no por los hombres. Por la reverberación de nuestros pasos intuíamos una caverna amplia y de gran altura.

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20. La antorcha apenas nos guiaba para dar el siguiente paso. El suelo era traicionero y no sabíamos hacia dónde ir. Recordé aquellos ojos que me observaban desde el foso y me pregunté si no estarían también aquí, siguiendo nuestros pasos desde la seguridad de la negrura.

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21. Encontramos un pebetero. Aún tenía leña, aunque estaba casi podrida. Insistimos tozudamente hasta que conseguimos prenderlo. La nueva luz nos reveló columnas y formas caprichosas que parecían salidas de un sueño.

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22. El vaivén de las llamas hacía danzar espectros de sombra a nuestro alrededor. Aquel baile tenía algo sobrenatural. Él también se dio cuenta, pero no dijo nada.

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23. Al fondo pudimos observar una especie de asiento excavado en la roca. Frente a él se abría un gran agujero circular. Sin pensarlo dos veces me dirigí hacia allí, liderando por primera vez la marcha.

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24. Al pasar junto al pozo un destello rojizo captó mi atención. Provenía de una de sus paredes. Una luz pulsante respondía al centelleo de la hoguera, como un faro en una tormenta.

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25. Una piedra cristalina del tamaño de un huevo de oca y de un rojo brillante descansaba en una repisa varios pies hacia abajo. “¿Has visto eso Samira? Nuestra recompensa”. Hacía horas que no decía palabra, aunque a mí me parecieron días.

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26. Zinh se ofreció inmediatamente a bajar. Yo desde el borde sostenía mi capa para que tuviera algo a lo que sujetarse. Estirando peligrosamente su cuerpo consiguió alcanzar la piedra y agarrarla con firmeza. Su rostro rezumaba emoción.

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27. Se incorporó lentamente. Le ofrecí mi mano y le miré a los ojos. Sin dudarlo un instante depositó la piedra en mi palma. Eso fue su perdición.

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28. Apenas un gemido fue su despedida de este mundo. Los golpes sonaron cada vez más distantes hasta que sólo quedó el silencio. Un silencio reconfortante, liberador.

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29. Me alcé y me dirigí hacia el trono, portando la piedra en mi mano vendada. Me senté y rebusqué en mi zurrón la pequeña cuerda de cuero que llevaba conmigo. Anudé la gema con ella y me la colgué del cuello.

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30. De todas las historias que había escuchado de niña mi preferida siempre fue la del Rey del Inframundo.

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